La vida es guay si no se pone borde

martes, marzo 15, 2005

Entrega V

-¡cállate maldita¡- gritó no demasiado alto pues la Satanina le daba un poco de miedo, la verdad sea dicha.
-¡tus muertos!- oyó acto seguido y pensó que la maldita vecina tenía el oído muy fino.
Cabizbajo, abandonó la cocina, estaba medio mareado por efecto del estupefaciente. Lo mejor sería dejar la guerra vecinal para otro rato, quizás para cuando coincidieran en el ascensor con la vieja perfumada de azufre, quizás entonces, como aquel que no quiere, podría arrojarla por el hueco para que fuera a reunirse con su familia en las profundidades, previo machaque de su amorfo cuerpo contra el duro cemento. Soltó una risita, solo de pensarlo, le hacia gracia ¡mira tú! ya se le estaba animando el día.

Envuelto por el humo de otro de sus pitillos se puso a meditar. No tenía trabajo, no tenía mujer, no tenía dinero, no tenía salud ¿que podía perder dirigiéndose a la calle Inmaculada nº 28? La voz al otro lado del teléfono volvió a sonar en sus oidos como el canto de una sirena ¡ostras le estaba ocurriendo lo mismito que a Ulises! pero él no tenia cuerda para atarse a la cama o a una silla así que arrojó el cigarrillo por la ventana, se puso su tejano viejo y el jersey que le tejió su santa madre aquel invierno de 1994 antes de irse al otro barrio del que no se vuelve a menos que sea ectoplasmáticamente. ¡Mamá! -pensó- ni se te ocurra venir a verme. Peró la mamá ya había venido y se disponía a acompañarle ¡se iba a perder ella aquella aventura!.

Entrega IV

Esa maldita canción no podía venir de otro lugar que del sobreático primera. Doña Satanina olía su desgracia como una hiena hambrienta olfatea a su próxima víctima. Su extenso repertorio incluía canciones como el Porronpompero, Clavelitos, Paquito Chocolatero y un sin fin de melodías a cual más carca.

Pero Doña Satanina tenía este don especial. Johnny estaba convencido que la señora elegía la canción en función de su estado de ánimo. Con el único objetivo de hundirlo más en la miseria.

Seguro que la mala pécora se lleva comisión de la industria farmacéutica y quiere que me ventile mis diez frascos de Topezetapan, pensó Johnny.

Por un instante, le pareció asociar la voz de Doña Satanina con la voz telefónica invocadora de citas. El topezetapan empezaba a surtir efecto. Le pareció una maravillosa solución a todos sus problemas. Subía, llamaba al timbre y le pegaba tal porrazo que le arreglaba su cara. La dura realidad impuso rápidamente su criterio. Era demasiado sutil para ella. El tono y el timbre de su presunta justiciera pertenecían, según los baremos de Johnny, a una persona inteligente y muy segura de si misma. Cualquier parecido con su vecinita era, no sólo pura coincidencia, sino un insulto a la raza humana. La misión en esta vida de la susodicha era joder al prójimo.

Y no había nadie más prójimo que Johnny en ese preciso momento.

Firmado: Don Termómetro