La vida es guay si no se pone borde

martes, marzo 15, 2005

Entrega IV

Esa maldita canción no podía venir de otro lugar que del sobreático primera. Doña Satanina olía su desgracia como una hiena hambrienta olfatea a su próxima víctima. Su extenso repertorio incluía canciones como el Porronpompero, Clavelitos, Paquito Chocolatero y un sin fin de melodías a cual más carca.

Pero Doña Satanina tenía este don especial. Johnny estaba convencido que la señora elegía la canción en función de su estado de ánimo. Con el único objetivo de hundirlo más en la miseria.

Seguro que la mala pécora se lleva comisión de la industria farmacéutica y quiere que me ventile mis diez frascos de Topezetapan, pensó Johnny.

Por un instante, le pareció asociar la voz de Doña Satanina con la voz telefónica invocadora de citas. El topezetapan empezaba a surtir efecto. Le pareció una maravillosa solución a todos sus problemas. Subía, llamaba al timbre y le pegaba tal porrazo que le arreglaba su cara. La dura realidad impuso rápidamente su criterio. Era demasiado sutil para ella. El tono y el timbre de su presunta justiciera pertenecían, según los baremos de Johnny, a una persona inteligente y muy segura de si misma. Cualquier parecido con su vecinita era, no sólo pura coincidencia, sino un insulto a la raza humana. La misión en esta vida de la susodicha era joder al prójimo.

Y no había nadie más prójimo que Johnny en ese preciso momento.

Firmado: Don Termómetro